Hay términos que resultan extraños, que semejan surgir de una etimología surrealista y que, sin embargo, están incrustados en la tradición clásica. Se me antoja que es el caso de “molicie”, del latín “mollities” y que en Diccionario de la Real Academia Española nos traslada en su primera acepción como “blandura de las cosas al tacto”, lo que en cierto modo podría asimilarse a la famosa “modernidad líquida” del sociólogo polaco Zygmunt Bauman, y que viene a definir nuestro tiempo como “la fragmentación de la identidad, la inestabilidad laboral, la sobredosis de información sin filtrar, la economía del exceso y los desechos, la falta de credibilidad de los modelos educativos, el fin del compromiso mutuo y las relaciones interpersonales fugaces.”
Casi como una ristra de sinónimos bien explícitos, entre los que aparecen: abandono, blandicia, relajación, ocio, regalo, flojera, indolencia, pereza, desidia, negligencia, incuria, blandeza, prosiguen la que a mi entender no resulta tan bien definida segunda acepción de “molicie” por el DRAE, aquella que hace alusión al “abandono invencible al placer de los sentidos o a una grata pereza.” La unión de sustantivos y adjetivos parece reflejar una cierta desidia académica, si bien, analizada con una cierta ironía, refleja la actitud relajada de los sabios que cada jueves deciden las arduas cosas del idioma.
No soy filósofo más que como aficionado, me gusta pensar y disfruto hallando goce en la sabiduría de los demás. Creo que en mí no hay “abandono invencible”, sí una lucha ardua por comprender y disfrutar, saborear los pequeño placeres de discernir. Eso no me permite aceptar la molicie, ni como fondo ni como forma. No soy acomodaticio y, por ende, con una audacia inexplicable e ingenua, busco aportar mi grano de arena desde un pensar humilde pero racional. Leo, releo, trato de comprender e incluso me atrevo a relacionar aspectos insólitos que me llevan de una palabra abstrusa a un pensador formidable como Bauman.
Estamos inmersos en los tiempos que nos anunció el polaco, todo se imbuye de fluidez, cambio, flexibilidad, adaptación. Según Bauman, con la llegada de la modernidad todo se individualizó. Ser moderno significó estar eternamente un paso delante de uno mismo; es decir, debíamos transformarnos en lo que cada uno es. “El objetivo -resaltó- ya no es conseguir una sociedad mejor, pues mejorarla es una esperanza vana a todos los efectos, sino mejorar la propia posición individual dentro de esa sociedad tan esencial y definitivamente incorregible”. El intelectual quiso aportar una única solución posible a tanto desdén : “La capacidad para dialogar.” Y advirtió: “Debemos prepararnos para un largo período que estará marcado por más preguntas que respuestas, y por más problemas que soluciones (...) Nos encontramos (más que nunca antes en la historia) en una situación de verdadera disyuntiva: o unimos nuestras manos o nos unimos a la comitiva fúnebre de nuestro propio entierro en una misma y colosal fosa común.”
Aun así, en su brillante discurso de aceptación del Premio Príncipe de Asturias, Bauman nos legó un mensaje muy reconfortante: “Cervantes envió a Don Quijote a hacer pedazos los velos hechos con remiendos de mitos, máscaras, estereotipos, prejuicios e interpretaciones previas; velos que ocultan el mundo que habitamos y que intentamos comprender. Pero estamos destinados a luchar en vano mientras el velo no se alce o se desgarre. Don Quijote no fue conquistador, fue conquistado. Pero en su derrota, tal como nos enseñó Cervantes, demostró que «la única cosa que nos queda frente a esa ineludible derrota que se llama vida es intentar comprenderla». No podemos abandonarnos de forma invencible al placer de los sentidos o a una grata pereza. Hay que ganar una batalla, la que nos explica como seres humanos racionales, y eso no admite blanduras ni acomodaciones. Eso pienso.
Alberto Barciela
Periodista