Cultura, reconocer el éxito y administrar la posteridad
En la intimidad del coche, en el que sería nuestro último paseo, entre el Pazo Quinteiro da Cruz de la familia Piñeiro, en Ribadumia, allá por el bello Salnés, y O Milladoiro, en Santiago de Compostela, Nélida Piñón, con su dulce acento brasileiro me preguntó de nuevo por Manolo Rivas, por su persona y por su obra. No me sorprendió, lo hacía en cada encuentro en qué repasábamos las inquietudes de la Premio Príncipe de Asturias sobre Galicia, sobre su cultura, sobre sus gentes. Su interés se centraba en unas cuantas personalidades, las más significadas, y sobre cuestiones de carácter general. En las respuestas tratábamos de encontrar visos de positividad y optimismo, los que ella deseaba para una tierra que sentía próxima, propia, con oportunidades únicas y, claro, con problemas genuinos, propios de los países pequeños.
La escritora se sentía admirada por el autor de “Bonsai Atlántico”, de “La lengua de las Mariposas”, o de “El Lápiz del Carpintero”, entre otras. Lo estimaba en lo personal pero, sobre todo, gustaba de las cualidades de su “escrita”. Resaltaba siempre sus cualidades poéticas y la capacidad descriptiva de sus artículos y crónicas, la proximidad a la tierra, el entendimiento de la idiosincrasia gallega y su universalidad, el conocimiento y la capacidad para adaptar con actualidad toda la mítica celta y las anécdotas irlandesas. Le preocupaba, eso sí, la fortaleza y el vínculo de Manolo, así le llamaba, con su grupo editorial tradicional - al que ella también se sentía muy unida-, pues la empresa no atravesaba sus mejores momentos. Le inquietaba la evidente radicalidad de algunas posturas del escritor, si bien las disculpaba por su evidente compromiso social. “En mi opinión, no debería bifurcarse demasiado y, sobre todo, no tendría que restar tiempo a escribir. Es hombre de grandes hallazgos, buena pluma y, si sigue su rumbo, gozará de horizontes ilimitados”. Eso me dijo.
He recordado la conversación con Nélida, mientras la celebran casi en el anonimato en A Coruña algunos que intentan apropiarse al personaje que ya es e ignoraron a la persona que no se dejó manipular en vida. Ocurre esto cuando van a cumplirse dos años de su desaparición física y se anuncia la presentación en España de próximo libro, el inédito “Los rostros que tengo”. Qué difícil resulta administrar la posteridad, cuan exigente labor. Lo debe saber bien Karla de Vasconcelos, la legataria de la que fuera Presidenta de la Academia Brasileira das Letras, y la persona que mejor la entendió y cuidó en sus últimos años. A la oriunda de Manaos le corresponde una ardua tarea en Brasil, en España y en el mundo, y también la de asegurar que se cumpla la voluntad exacta de Nélida con Galicia
Aquí ha de ser ensalzada por los que la admiraron y quisieron -Ramón Villares. Darío Villanueva o Luis G. Tosar, por poner un ejemplo-, por las instituciones públicas -Xunta, Consello da Cultura, Academia Galega, etc.-. Es a ellos a quienes corresponde mantener el valor global de un figura singular y única de Galicia. A cambio, el pueblo ha de recibir los escritos que dedicó a nuestra tierra, tal y como acordó verbalmente conmigo tras descartar la posibilidad de que los manuscritos de “La República de los Sueños” pudiesen testimoniar el amor por el país de sus antepasados. A Karla le atañe además cuidar de que el Premio de Relato Breve Nélida Piñón alcance en sus próximas ediciones el relieve y prestigio para el que fue creado en Cotobade, ahora también Cerdedo. La Xunta y las instituciones culturales gallegas han de estar muy atentas para que así sea. Y, sobre todo, le compete alejar a la figura de Nélida de los riesgos de toda instrumentación política, algo de lo que ella se cuidó con inteligencia mientras pudo.
Estas evocaciones acaecen a raíz de la noticia del Premio Nacional de las Letras Españolas para Manolo Rivas -Chus Pato acaba de recibir el de Poesía, Bea Lema el de Comic-. Es seguro que Nélida estaría muy contenta por este momento feliz para la cultura gallega.
Los silencios abstraídos sobre las puntas de lanza intelectuales se rompen con instantes fulgurantes, más estos resultan insuficientes, demasiado breves, muy frágiles, para luchar contra la incompetencia, la indiferencia, la desimplicación, los egotismos, el amiguismo, los organismos utilizados como bienes particulares o de clan, la politización - idiomática incluso-, la debilidad del mercado cultural, la IA y también las hordas de informaciones que inundan redes y destruyen quioscos y librerías, sin que el sistema educativo o el social muestren una verdadera sensibilidad o reaccionen ante tanta perversidad, ineptitud o desgana. Y no solo ocurre en lo literario.
Cada día es el día de algo o de alguien que irremediablemente se ve sustituido por otro personaje, celebración, suceso grave o éxito exultante. No basta con una foto ocasional para las redes, la eficacia recaba acciones decididas en favor de la cultura, sobre todo de las que gozan de mercados reducidos. Nuestras grandes figuras han de pervivir en su ejemplo, con sus enseñanzas, determinando los caminos a la creación de las futuras generaciones.
La posteridad cada vez dura menos, por lo mismo hay que resaltar los méritos de cuantos suponen un referente de creatividad, aportación al acervo común y frescura, sin desaprovechar la oportunidad de celebrar con acierto y relevancia lo mucho y bueno que se ofrece. Incluso ha de saberse que de la discrepancia ha de surgir la luz. Repito, en los países pequeños esto adquiere especial importancia.
Uno desea que personajes como Nélida Piñón o Manuel Rivas, u otros muchos, se mantengan para siempre como referencias imprescindibles de una cultura que, de no corregir determinado rumbos, puede languidecer en el olvido, desaparecer en un mundo digital y global, o por ineficacia, ingenuidad, falta de visión o agotamiento de quienes desde lo público o lo privado solo buscan su propia trascendencia personal, en gallego o en castellano o con una foto de fortuna, acaben por desaprovechar las oportunidades de defender con respeto, prestigio y altura de miras a sus grandes figuras universales y con ello a aquello que nos distingue desde lo local.
Alberto Barciela
Periodista